En las tardes que nos acercábamos hasta la ciudad marroquí de Errachidia, además de colgarnos literalmente de la cafetería con wi-fi, aprovechábamos para comprar fruta en el pequeño zoco.

La gran variedad de frutas, con sus múltiples colores y ricos sabores se vendían solas. El uso de balanzas antiguas hacía aún más entrañable la compra.

Nosotros sabemos poco o nada de balanzas. Únicamente nos preocupamos de comprobar que los números digitales de la báscula del comercio, marquen exactamente la cantidad solicitada de producto. Hemos perdido la práctica de jugar con los pesos hasta establecer un equilibrio. Quizás sea por eso que a veces nos cuesta tanto encontrarlo.

En Taznaqt siempre íbamos desequilibrados. Enseñábamos, por ejemplo, una simple canción a los niños y ellos ponían los cinco sentidos en aprenderla, en bailarla. Nos miraban a los ojos y sonreían para decirnos que les gustaba y se despedían cada día con besos y abrazos apretados, agradeciendo todo lo recibido.

Así que nuestro platillo de la balanza siempre salía volando por los aires; por mucho que pusiéramos de nuestra parte, siempre se nos devolvía multiplicado por mil. De hecho, no pretendíamos equilibrar ninguna balanza. Lo que realmente hubiéramos deseado era disponer de más tiempo y recursos para que lo aportado, fuera gratificante en el momento y útil en el mañana.

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