mi familia y otros animales

Cuándo mis hijos eran pequeños,  les compré un conejito en las Ramblas de Barcelona.

Por aquel entonces había paradas en las que vendían pollitos, hámsters, conejos y demás bichos. El vendedor me dijo que se trataba de un conejo enano y que no crecería mucho más. Mintió. Cuando lo compré sí que era una pequeña bola peluda – motivo por el cual mis hijos le bautizaron con el nombre de “Boleta”- pero a los pocos meses, alcanzó el tamaño de un balón de futbol. Ante semejante cambio, compré una jaula más grande y lo instalé en una zona cubierta de la terraza. De la terraza partían unas escaleras que comunicaban con el jardín de césped, el cual quedaba a un nivel inferior. Cada día sacaba a Boleta de su jaula para que correteara por el jardín. Yo me quedaba en la terraza, apoyada a la barandilla y desde tribuna, disfrutaba con las carreras del conejo que me producían una enorme sensación de libertad.

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Bendita libertad

Susana me hizo pensar de nuevo en Boleta. Cada vez que “sacábamos” a Susana de la furgoneta roja para pararnos a contemplar/fotografiar las vistas, desaparecía. A los pocos segundos la veíamos encaramada a unas rocas o deslizándose por un camino tortuoso para alcanzar una cala. No paraba quieta pero su movimiento no era nervioso, al contrario, Susana es ágil, sigilosa, serena… por lo que se ganó el apodo de “la gacela”. Verla subir a una montaña con ese paso natural daba paz.

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¿Dónde está la gacela? Ay que se nos ha subido a los Dientes del Diablo…

El día que decidimos contratar la excursión con lancha para navegar por el fiordo del Troll y avistar águilas marinas, Susana se decantó para ascender al Svolvaergeita, un monte que destaca por dos rocas puntiagudas en forma de cuernos de cabra. Ni ella vio cabras ni nosotras águilas; bueno sí, una águila pero chiquitina. Para el “safari” nos ataviaron con unos trajes gruesos y pesados como para ir a Marte. Qué risa escuchar a Ana decir “a ver…esto…el traje is necessary?…uf, mire que a mí me da mucho agobio meterme ahí”, mientras el encargado noruego se limitaba a señalar con el dedo dónde estaban los guantes que también debía ponerse.

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A punto para el “safari” por el Trollfjord en el puerto de Svolvær
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Fueron dos horas mágicas

Para decepción nuestra tampoco avistamos cetáceos. Del mar, pudimos ver algunos frailecillos y degustar el marmitako hecho con bacalao y el salmón al papillote que nos regalaron como cena Arantxa C, Mamen i Ana. Delicioso.

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Cenando marmitako en Senja
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Cenas en cabañas de madera con risas, sin vino y bajo la luz del sol.

Lo que más vimos fueron renos y ovejas. Para nuestra sorpresa apenas nos cruzamos con un perro o gato.

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Paseo bajo la lluvia y con ovejas en las Islas Lofoten

En definitiva, vimos muchísimas barcas, muchas casas, algunos animales y escasísimos seres humanos pero sobretodo, lo pasamos en grande.

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